En el búnker tecnológico de la mansión Turner, las pantallas gigantes arrojaban un brillo azulado sobre los rostros de Alaric y Luka. El ambiente estaba cargado de un silencio gélido, interrumpido solo por el tecleo frenético de Mike y Lars, el implacable ayudante nórdico de Luka. El disco duro blindado con los secretos del mandatario ya estaba conectado a la red de servidores fantasma que el Noruego manejaba en Europa.
—Todo está listo, jefe —anunció Mike, con una sonrisa fría y la mandíbula t