En su lujosa mansión de Miami, Maximiliano Genovese se ajustaba los puños de la camisa frente al espejo. Aunque su cuerpo aún cargaba las secuelas de las heridas pasadas, la sed de poder y la necesidad de recuperar su pieza más valiosa lo habían puesto de pie. Delfina estaba en Dubái, atada en matrimonio con uno de los jeques árabes más influyentes y peligrosos de Medio Oriente, y era hora de ir por ella.
Gracias a un contacto de alto calibre en el mercado negro internacional, Maximiliano había