Las puertas de la mansión Genovese se abrieron para dejar pasar a Delfina, quien caminaba con paso torpe, ocultando sus ojos tras unas enormes gafas oscuras de diseñador. El cuerpo le pesaba por la resaca física y química de la noche anterior.
En el vestíbulo la esperaba Amanda. El rostro del ama de llaves no reflejaba la típica sumisión de una empleada, sino una angustia profunda, viva y real que le carcomía el pecho. Nadie en esa casa, y mucho menos la altanera Delfina, sabía el secreto más o