Cuando la pesada puerta de la alcoba se cerró tras Mónica y Coni, la falsa fachada de seguridad de Vanessa se desmoronó por completo. Las indirectas cargadas de veneno y el tono mortuorio de las chicas habían dado en el blanco, perforando su arrogancia. Caminó a trompicones hacia la cama, con la respiración entrecortada, el corazón golpeándole las costillas y el rostro desencajado por un pánico rabioso.
Sabiendo que el tiempo se le había agotado, se arrodilló junto al clóset de diseño, metió la