El zumbido monótono del secuenciador genético portátil resonaba en el despacho como el tictac de una bomba a punto de estallar. El aire era denso, asfixiante, cargado de una electricidad peligrosa que hacía que cada respiración se sintiera como una declaración de guerra.
Anastasia Genovese permanecía sentada en el sofá de cuero negro, rígida como una reina en el cadalso. Sostenía la taza de té con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, clavando una mirada de hielo puro en Vanessa