El eco de los gemidos de Anastasia y Alaric terminó por disiparse en los pasillos de la mansión Turner a medida que la mañana avanzaba, pero el veneno ya estaba inyectado en el ambiente. En el ala de invitados, Vanessa caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, con las uñas enterradas en las palmas de sus manos y el rostro desfigurado por una envidia rabiosa.
—Maldita infeliz... —siseó para sí misma, mirando la rejilla del aire acondicionado—. Cree que me va a ganar.
Justo en ese mome