El comedor de la mansión Petrov estaba bañado por una luz fría que hacía brillar la platería. Anastasia entró sosteniendo la bandeja con una estabilidad que desafiaba el temblor interno de sus manos. Se acercó a la cabecera, donde Damián leía unos informes, y con movimientos lentos y precisos, colocó el plato frente a él.
Damián no la miró de inmediato. Cortó un trozo de los huevos benedictinos y lo llevó a su boca con indiferencia. Sin embargo, en cuanto el sabor golpeó su paladar, sus ojos gr