En una de las terrazas más apartadas del palacio presidencial, donde la música de la gala apenas llegaba como un eco lejano, las dos siluetas corpulentas y toscas de los falsos empresarios se detuvieron. Alaric Turner y Luka fingían observar la vista nocturna de la costa de Miami, sosteniendo vasos de whisky intactos, asegurándose de que no hubiera micrófonos ni agentes del servicio secreto en el perímetro.
Alaric, cuya mandíbula de silicona empezaba a picar de manera insoportable, siseó con su