El hangar VIP del oeste había sido transformado en un santuario de opulencia demente y apresurada. El suelo de concreto gris estaba cubierto por kilométricas alfombras persas de seda roja y oro, y el aire apestaba a una mezcla sofocante de incienso de mirra y flores exóticas que pretendían ocultar el olor a combustible de los aviones. Al fondo, a solo unos metros de la inmensa puerta de metal que daba a la pista donde el jet privado rugía con los motores encendidos, se alzaba un altar improvisa