El sol de la mañana se alzaba sobre Miami, pero dentro del departamento de Delfina la atmósfera era la de un funeral. Un portazo violento hizo eco en las paredes cuando Damián Petrov irrumpió en la sala, escoltado por dos de sus últimos gorilas armados. El Czar de la Bratva vestía un traje oscuro impecable, pero sus ojos inyectados en sangre y el tic nervioso en su mandíbula delataban que estaba operando con pura adrenalina.
Detrás de él entró Maximiliano, con el rostro pálido y la mirada gacha