En la enfermería improvisada de la cocina, el olor a antiséptico y a hierro era sofocante. La doctora Daisy vertió yodo directamente sobre el hombro perforado de Mike, sin una pizca de delicadeza. El gigantón ni siquiera parpadeó, aunque la piel se le abrió por la quemadura química.
—Te lo dije mil veces, Mike —siseó Daisy, acomodándose los guantes de látex con un chasquido violento—. Te dije que la próxima vez que vinieras a mi clínica cubierto de sangre, yo misma te mataría para ahorrarle el