En el nuevo y exclusivo departamento del norte, Delfina Genovese intentaba convencerse de que el peligro había quedado atrás. Vestida con una bata de seda fina, se miraba al espejo mientras Amanda, la sirvienta, acomodaba con manos temblorosas sus costosos perfumes en la peinadora. Maximiliano se había retirado hacía una hora, confiado en que los cuatro gorilas fuertemente armados que custodiaban el pasillo principal eran más que suficientes.
De repente, un zumbido sordo recorrió las paredes. L