AURORA.
El pitido rítmico de los monitores es lo primero que me saca de la oscuridad. Abro los ojos despacio; la luz blanca del laboratorio me lastima la vista y un dolor sordo me pesa en el vientre. Pero lo que me ancla a la realidad es el calor en mi mano derecha.
Sebasten está sentado al borde de la camilla, con la cabeza apoyada cerca de mi costado y los ojos cerrados. Se ha cambiado la ropa empapada, pero tiene los nudillos raspados y el cabello oscuro desordenado. Se ve cansado. Rústico