SEBASTEN
Ella se queda estática por un segundo, totalmente sorprendida por la brusquedad y la intensidad de mi gesto. Siento la rigidez de sus músculos bajo mis manos, pero lentamente, la tensión cede y me responde el abrazo, aferrándose a mis hombros como si buscara un anclaje en mitad del caos. Su pulso acelerado late directo contra mi pecho.
—¿Estás bien? —le pregunto con la voz ronca, rompiendo el abrazo lo suficiente para tomarla de la barbilla y obligarla a mirarme a los ojos.
—Sí, estoy