AURORA
El silencio en la habitación se vuelve ensordecedor. El eco de mi propia mano estrellándose contra su rostro todavía flota en el aire, denso, pesado, cortándome la respiración. Me quedo estática, con los dedos temblando y el corazón golpeándome las costillas como un animal atrapado.
Sebasten no se mueve. No parpadea. No respira.
Su rostro se ha girado sutilmente hacia la izquierda por el impacto, pero su mandíbula se tensa de una forma tan brutal que veo las venas de su cuello dibujarse