SEBASTEN
Arranco el auto de nuevo antes de que el pánico le permita reaccionar. Las llantas rechinan contra el pavimento del callejón desierto, alejándonos de la iglesia y del maldito infeliz que la espera en el altar.
Aurora se pega contra la puerta trasera, con los ojos desorbitados fijos en mí. Su respiración es un traqueteo frenético que satura la cabina con ese olor dulce y espeso que segrega cuando el terror y la excitación se le mezclan en la sangre. De reojo, por el espejo retrovisor, v