AURORA
Llegamos a la casona cuando el sol comenzaba a caer sobre las montañas. El aire helado del atardecer me limpió los pulmones de todo el olor a pólvora y cristal roto que aún llevaba pegado a la ropa. Sebasten me bajó de la camioneta blindada tomándome de la mano con una firmeza protectora que no cedió ni un solo segundo desde que salimos del centro comercial.
Al cruzar los enormes portones de madera del vestíbulo, el silencio de la casa se rompió de golpe.
Lenora y Vladimir nos esperaban