—Escúchenme bien —continué, apoyando la espalda en el pecho firme de mi esposo—. Ya están en su casa, en su terreno, y pueden retomar su vida tranquila como querían. Pero sepan que la casona sigue siendo su hogar. Pueden regresar a visitarnos cuando quieran. Christopher los va a estar esperando con los brazos abiertos y las puertas de esta casa están permanentemente abiertas para ustedes.
—Te lo agradecemos enormemente, Aurora... y dile a Sebasten que le debemos la vida y la tranquilidad —respo