SEBASTEN
Apreté el volante con una fuerza que hizo crujir el cuero de la camioneta. El motor rugía en la penumbra de la zona industrial abandonada, devorando los últimos metros de concreto roto antes de llegar a la vieja fundidora junto al río. En mi oído, el auricular emitía el leve chasquido de la señal de Keith.
—Alfa, todo el perímetro externo está cubierto —informó Keith en un susurro táctico—. Mi padre, Vladimir, y las escuadras están rodeando las viejas estructuras de concreto. Nadie ent