SEBASTEN
El impulso me dobla los dedos antes de que pueda razonar. La imagen de ese infeliz con las manos pegadas a su cintura me nubla la vista por completo.
Doy dos zancadas salvajes, rompiendo la distancia de la habitación, agarro a Marcus por la solapa de su chaqueta fina y lo estrello contra la pared de concreto del cubículo.
El impacto suena seco, sordo. Las bandejas metálicas de la mesa auxiliar vibran con un tintineo escandaloso.
—¡Suéltalo! ¡Sebas, por favor, no lo hagas! —el grito de