Despierto en la cama de la clínica. El cuerpo me duele y me pesa como si me hubieran arrollado, pero la punzada lacerante en el vientre cedió. Lo primero que veo es a Sebasten, sentado en la silla al lado del colchón, sosteniéndome la mano con fuerza. La habitación está repleta de arreglos de flores frescas sobre las mesas y los ventanales.
—Por fin despiertas —murmura Sebasten, inclinándose para besarme la frente—. ¿Cómo te sientes?
—Cansada... pero viva —respondo con la voz rasposa—. ¿Y el be