Emma Baker
Al llegar a la mansión, Kian nos condujo con paso firme hasta lo que parecía ser el comedor principal. Su andar siempre era el mismo: seguro, con esa autoridad silenciosa que no necesitaba imponerse con palabras, porque ya el aire alrededor de él se volvía denso con solo estar presente. A pesar de su rudeza, se detuvo frente a la mesa larga, tallada en roble oscuro, y con un gesto caballeroso que me sorprendió, retiró la silla para mí.
Lo miré apenas, encogida bajo el peso de mis pro