Julienne Percy
Dos semanas habían transcurrido desde mi regreso a la mansión del Alfa Supremo. No podía negar que, con el tiempo, me había acostumbrado a los pasillos pulcros y a los techos altos que parecían murmurar historias antiguas al pasar. Esta vez no estaba confinada a las cocinas, ni a una habitación en penumbras. Tenía permiso para caminar libremente, visitar los jardines y explorar a mi antojo. Aun así, la libertad en esta casa era una jaula de terciopelo: hermosa, pero con barrotes