Zaren estaba de pie frente al espejo, ajustando los puños de su camisa blanca mientras el sol de la mañana filtraba su luz cálida a través de las cortinas. Me encontraba aún en la cama, cubierta por las sábanas suaves que olían a lavanda, con una mano sobre mi vientre y la otra apoyada detrás de la cabeza, observándolo con una sonrisa tranquila. Verlo moverse con soltura, con esa mezcla de elegancia y concentración, me provocaba una paz profunda.
—Hoy es el gran día, ¿verdad? —pregunté, mi voz