—¡FBI! ¡Nadie se mueva! ¡Manos sobre la cabeza! —El grito fue multiplicado por una docena de voces que entraban en formación de cuña.
Vi las botas tácticas avanzar con una precisión mecánica, aplastando los escombros con un crujido rítmico. Los haces de las linternas montadas en los fusiles de asalto barrían el vestíbulo, cortando el humo que bajaba por los huecos de los ascensores. Sentí el cañón frío de un arma cerca de mi nuca, pero no sentí miedo. Sentí un alivio tan profundo que mis múscul