El frío del metal en mis muñecas era lo único que se sentía real. Todo lo demás, el humo negro que todavía subía de la Quinta Avenida y el zumbido de las radios del FBI, parecía una película que estaba viendo desde muy lejos. Me sentaron en el banco de una furgoneta blindada. Mis pulmones me ardían y la pierna derecha me palpitaba con un dolor sordo que me recordaba que la caída en el hueco del ascensor no había sido un sueño.
Un paramédico me revisó los ojos con una linterna pequeña. No dije n