El sonido de las sirenas se filtraba por las rejillas de ventilación, mezclándose con el rugido metálico de las turbinas que empezaban a desacelerar. El aire en el piso mecánico estaba cargado de ozono y el olor acre del gas refrigerante. Bruno seguía de rodillas, con las manos en alto y una sonrisa cínica que desafiaba la lógica de su derrota. Marcus, apoyado contra la barandilla de la pasarela superior, mantenía el arma fija, aunque su rostro estaba pálido y el sudor frío le corría por las si