No había tiempo para procesar el miedo; el instinto, ese código binario primario de supervivencia, tomó el mando. Agarré a Maya por la cintura y la empujé hacia el suelo justo cuando una segunda ráfaga convertía el panel de vidrio a nuestra izquierda en una lluvia de esquirlas brillantes.
—¡Corre hacia las escaleras de incendios! —le grité, aunque mi voz apenas era un susurro en medio del caos.
El pasillo del piso 41 se había convertido en un túnel de muerte. Los mercenarios de Bruno no estaban