Los titulares eran un campo de batalla. Unos decían que era el hombre más valiente del siglo. Otros me acusaban de hundir la economía de familias enteras.
Me senté en el borde de la cama y cerré los ojos. El silencio dentro del apartamento era casi irreal. Ya no había escoltas corriendo por los pasillos. Ya no escuchaba el zumbido de los servidores trabajando al máximo. Había una paz que pesaba tanto como el apellido que llevaba. Me sentía ligero, pero también extrañamente vacío.
Maya entró en