34. SIN DEJARLA SOLA

REYNOLDS:

Miré a mi Luna con atención. A simple vista, podía ver que estaba muy confundida y recelosa. Tenía que darle tiempo para que todo se asentara en su mente, por lo que, a pesar de que deseaba ir a arrancarle la cabeza a ese lobo llamado Alfredo, mi instinto me decía que debía quedarme a su lado.

—Alaya —la saqué de su ensimismamiento—. Dejemos este tema por ahora; tenemos que trabajar.

Ella levantó la cabeza, perdida en sus pensamientos, como si no comprendiera lo que le acababa de deci
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