Mundo ficciónIniciar sesiónLila acudía al trabajo como de costumbre.
Entraba puntual, le llevaba café a Alejandro exactamente a la hora que le gustaba, organizaba su agenda con una precisión casi obsesiva y resolvía problemas antes de que nadie más notara que existían. Su capacidad profesional era sobresaliente y, aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabían que la empresa no sería lo mismo sin ella.
A pesar de que sus primeros estudios fueron enfocados en la medicina. Al trabajar con Alejandro, sus habilidades con las matematicas y los informes la hacían casi que
De cualquier manera buscaba satisfacer a Alejandro, pues eso era lo que ella pensaba que él merecía.
Desde la intervención, el médico le había pedido que evitara mantener relaciones sexuales hasta confirmar la implantación del embrión. Alejandro no volvió a tocarla. Ni una sola vez, lo único que pasaba por la mente de Lila era que él quería cuidarla, cuidar ese tesoro que llevaba en su vientre, era lógico, pues era su hijo y Lila lo entendía a la perfección.
Y entonces apareció Andrea.
Una secretaria nueva, joven, bonita, con una sonrisa dulce y vestidos demasiado ceñidos para una oficina tan conservadora como aquella. Andrea empezó a entrar y salir del despacho de Alejandro con una frecuencia incómoda. Lila fingía no darse cuenta, pero cada vez que la veía cerrar la puerta tras de sí, sentía una punzada amarga atravesarle el pecho.
Una mañana, llevaba unos documentos urgentes y entró sin tocar.
Entonces los vio.
Andrea estaba sentada sobre el escritorio de nogal. Alejandro de pie entre sus piernas, poseyéndola con fiereza.
—¡Dios! —exclamó Andrea fingiendo sorpresa, bajándose la falda con lentitud.
Alejandro ni siquiera se inmutó.
—¡Toca antes de entrar! —gritó con frialdad.
Lila sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Lo… lo siento, señor —murmuró.
Cerró la puerta y caminó hasta el baño sin sentir las piernas.
Se apoyó contra el lavamanos y se miró al espejo. Sus ojos brillaban, llenos de lágrimas a punto de correr.
—No está pasando nada Lila… —se dijo en voz baja—. Él es un hombre que necesita atención. —se dijo frente al espejo tragándose el dolor.
A pesar del dolor era consciente de que aquel hombre era demandante con sus necesidades físicas, necesitaba satisfacción, desfogar esa pasión ardiente que lo invadía, eso nada tenía que ver con que la amara, de eso estaba segura, él debía amarla, ¿o por qué le confiaría un hijo?
Pero el dolor no entendía de razones. Ese mismo día, escuchó a dos compañeras murmurar en la cafetería.
—Dicen que Andrea ya se mudó al pent-house que tiene libre el jefe.
—¿En serio? Qué suerte. Yo también quisiera un sugar daddy así.
Lila apretó los dientes hasta hacerse daño.
Tres años atrás, cuando su madre fue diagnosticada con cáncer, ella había aceptado quedarse hasta tarde archivando documentos. Alejandro la encontró llorando en esa misma oficina.
—¿Qué te pasa? —le preguntó entonces.
Y ella se lo contó todo.
Esa noche, él pagó el primer tratamiento. Pero también se cobró con el primer beso.
Desde entonces, había sido suya, su cuerpo era suyo, y sin poder controlarlo, su alma y su corazón también. Lo eran.
***
Las dos semanas pasaron rápidamente, pero se sintieron como una tortura silenciosa.
Y como cualquier mujer aparentemente embarazada, Lila quiso recoger los resultados junto a Alejandro, así que se dirigió a su oficina y para su sorpresa, la puerta estaba entreabierta, no pudo evitar mirar a través del espacio y su corazón se detuvo de inmediato.
Alejandro tenía tomada de la mano a Sara, e intentaba besarla, pero la mujer se resistía, Lila se quedó inmóvil, ¿Acaso Alejandro no amaba a Sara? ¿Por qué quería besarla ahora?
Todo su mundo giró a su alrededor, él solamente la estaba engañando, utilizando como un sucio juego.
Sara se zafó del agarre de Alejandro, y dio dos pasos atrás.
—No molestes ahora.
—Amor, ¿estás celosa de Lila? ¡por favor! Esa mujer no es más que un vientre subrogado, no tendría sentido que sientas celos de ella.
Alejandro intentó tomarla por la cintura, pero Sara le sacudió la mano.
—Por favor Alejandro, no seas ridículo, a mí no me interesa tu vida personal, no tienes que darme explicaciones.
—Pero Sara…
Lila no pudo resistirlo, la verdadera cara de Alejandro se estaba mostrando sin mascara, evidenciando su lado más ruin y despiadado, ella no era más que un objeto de su colección y lo único que anhelaba en ese momento, era no estar embarazada.
[4] Todo bajó sus pies se desvaneció, cada palabra que escuchaba salir de los labios de Alejandro era como un maldito cuchillo filoso que atravesaba su pecho y le dolía más cada segundo, quería borrar todo lo que había escuchado, se gritaba a sí misma que eran mentiras, Alejandro no podía hacerle eso, ¡Él la amaba! Un duro nudo se instaló en su garganta, y sus piernas fallaron, por poco y ni siquiera se pudo mover de ahí.
***
Lila esperaba impaciente los resultados de la fecundación in vitro, apretando los puños rogaba al cielo porque no hubiera sido efectiva, y su corazón todavía se estremecía más al saber que estaba allí sola, pues Alejandro decidió no acompañarla. Y ya entendía sus razones.
En ese instante, una enfermera la llevó hasta el consultorio, nerviosa, tras la orden del médico se recostó en la camilla[5] y levantó su blusa, apretó los ojos con la intención de no ver el monitor del ecógrafo, mientras que el aparato frío se deslizaba por su vientre buscando la evidencia de una nueva vida. El corazón le latía violento, sentía una extraña mezcla de sentimientos encontrados, decepción, angustia y mucho, pero mucho dolor.
—Felicidades. El embrión se ha implantado con éxito. —El médico anunció, obligándola a levantar la mirada hacia la pantalla.
Lila dejó de respirar por un segundo.
—¿De verdad…?
—Bueno, nos fue mejor de lo que esperábamos, no es solo un embrión, son dos—corrigió el médico—. Está embarazada de gemelos. Ambos bebés están muy sanos y bien implantados.
Las lágrimas brotaron sin permiso. Lila se tocó el vientre.
Estaba embarazada, y por partida doble, sin embargo la rabia todavía la consumía, no quería seguir siendo el instrumento de aquel hombre ruin, que solamente la quería para poder concebir un hijo.
—Dos semanas exactas… —susurró el doctor.
Una parte de ella quiso sonreír, pero su subconsciente la detuvo, estrellándola fuerte contra la realidad, Sara se los quitaría apenas nacieran y un duro nudo atravesó su pecho ¡Que maldita pesadilla! [6] Especialmente al saber que el padre de esos bebés no era más que el hombre que le había destrozado el corazón hacia un par de horas.
—Está bien doctor…—Lila intentaba hablar, pero fue interrumpida cuando la puerta del consultorio se abrió de un golpe violento.
Una figura alta irrumpió en el lugar.
Tenía los hombros anchos, un cuerpo marcado, la mandíbula dura y una presencia que hizo que el aire se volviera espeso. Sus ojos ardían con un brillo extraño.
Clavó la mirada en el vientre de Lila. Sus labios se curvaron en algo que no era una sonrisa, su respiración era tan fuerte y agotada, que más bien parecía estar bufando.
Y con una voz baja, salvaje, dijo:
—¡¡Los cachorros de lobo son míos!!







