Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, Lila fue al hospital a visitar a su madre.
Ana yacía recostada entre sábanas blancas, con el rostro pálido pero con los ojos brillantes, llenos de esperanza. Aunque el cáncer la había consumido poco a poco, aquel día parecía de buen ánimo.
***
—Llegas temprano, hija —dijo con una sonrisa débil—. ¿No tenías trabajo?
Lila tomó su mano con cuidado.
—Pedí el día libre, mamá. Tenía algunos asuntos pendientes y aproveché para venir a verte. ¿Cómo te sientes?
Le acarició la cabeza con ternura mientras la mujer sonreía.
—Bien, hija. Hoy es un buen día… pero me preocupa que los gastos del hospital sean cada vez más costosos. No sé cómo estás haciendo para cubrir todo.
Lila fingió una sonrisa. Con un tono animado que no le nacía, respondió:
—Eso no es un problema, mamá. Tengo un novio maravilloso, alguien que haría cualquier cosa por verme feliz. De hecho, él es quien me está ayudando a pagar los gastos médicos. Y… pronto vamos a casarnos.
—Hija, ¿es verdad lo que me estás diciendo? —preguntó Ana, incapaz de ocultar su preocupación. Los ojos de Lila ya no brillaban como antes, y su expresión no reflejaba la felicidad que describía.
Para no inquietarla, Lila repitió la historia una vez más, añadiendo nuevos detalles imaginarios: cómo aquel hombre la cuidaba, cómo la hacía reír. Tal vez, en el fondo, no hacía más que narrar la vida que desearía tener… y al hombre que le habría gustado que Alejandro fuera.
—Mamá… —tragó saliva—. Estamos pensando en tener un hijo.
—¿Un hijo? ¿Tan pronto? —la voz de Ana se quebró de inmediato,
—Sí… queremos formar una familia.
Ana guardó silencio un instante. Luego soltó un suspiro largo.
—Hija, pues quién soy yo para decirte algo, al final de cuentas, yo solo te recogí de la calle en ese entonces y te di de comer durante unos días; no soy tu madre biológica —murmuró—. Por un cáncer como este, incluso podría no tratarme. No debes, bajo ninguna circunstancia, sacrificarte por mí.
El corazón de Lila se apretó, sabiendo la verdad que ocultaba en su interior.
—No me estoy sacrificando mamá, ¿A qué te refieres? Yo soy muy feliz —respondió con una sonrisa que le temblaba—. Es… el fruto del amor.
Ana alzó la mano y le acarició la cabeza.
—Entonces soy la mujer más afortunada del mundo. Soy muy feliz por ti mi niña.
Cuando Lila salió de la habitación, ya tenía el rostro empapado en lágrimas, le había mentido a su madre, tenía el corazón destrozado, ¿a quién quería engañar? Alejandro quería formar una familia con Sara, aunque fuera por apariencias, a pesar de que él le decía que la amaba con todo su corazón. Un llanto desgarrador se escapó de su pecho y sintió que las costillas se le contraían de dolor, creyó que iba a morir de amor, justo antes de que pudiera tomar un taxi para la cita que tenía con ellos.
***
Llegó sola al centro de fertilidad.
Un edificio de pasillos largos y pisos poderosos, demasiado elegante y con ese estatus explícito que mostraba que solamente la gente rica y pudiente podía permitirse, esa misma gente que compraba hijos como si fueran muñecos.
Se sentó en una de las sillas del pasillo, con las manos apretadas sobre la falda.
Alejandro aún no había llegado.
Mientras esperaba, un hombre alto y corpulento conversaba con el médico unos metros más allá. Tenía el rostro severo, la mandíbula marcada y una presencia inquietante. Cuando se dio la vuelta y pasó junto a ella, Lila quedó sorprendida: aquel hombre era incluso más atractivo que Alejandro.
Por un segundo, creyó ver un destello rojo en sus pupilas y en esa fracción de tiempo se sintió sumisa ante su mirada, como si el tiempo se hubiera detenido, insertando una aguja en su pecho.
Parpadeó y de inmediato y los ojos del hombre volvieron a ser marrones, Lila resopló.
—Debo estar nerviosa… —murmuró bajito.
No pasó mucho tiempo antes de que Alejandro apareciera. Pero esta vez no venía solo.
Sara iba colgada de su brazo.
Lila se puso de pie de inmediato. Era la primera vez que veía personalmente a la esposa de Alejandro. Y no pudo evitar sentirse incomoda, la mujer lucía imponente, elegante, tan hermosa, altiva, todo un polo opuesto a lo que representaba Lila.
Sara llevaba un vestido claro, gafas oscuras enormes y una sonrisa perezosa en los labios. Alejandro le acomodó el cabello con una delicadeza que Lila jamás había recibido.
—Cuidado, amor —le dijo en voz baja—.El suelo está liso.
Ese “amor” le atravesó el pecho a Lila.
A ella nunca le hablaba así.
Sara se quitó las gafas y examinó a Lila de arriba abajo, sin disimulo.
—¿Esta es la madre sustituta que conseguiste? —preguntó, sonriendo a Alejandro—. Bueno, nada mal, se ve que es pobre, necesitada, lo más adecuado en estos casos.
Lila sintió que la sangre le subía al rostro.
Miró a Alejandro. Pero él no dijo nada. Por lo visto, no le había contado a Sara quién era ella en realidad.
—Espero que no se enamore del niño —añadió Sara con una risita—. Ya sabes cómo son estas chicas pobres, quieren sacar siempre beneficio.
—¡Sara! —la reprendió Alejandro en un tono suave—, no seas grosera.
Lila estaba congelada sin poder decir una sola palabra, sin embargo, él nunca antes la defendió y delante de su esposa, eso había sido el acto más heroico que había podido hacer por ella, así que en ese momento pensó que él en el fondo aun la amaba, entonces valía la pena ser su madre subrogada.
—Está bien, está bien. No es mi culpa que hayas conseguido una mujer de esta clase, olvídalo, es que esto de alquilar el vientre me pone un poco nerviosa. —Sara suspiró mirando a Lila de arriba abajo con desdén.
Alejandro le sonrió. —Está bien, Sara.
Justo cuando Lila estaba por hablar, el médico encargado se acercó con una carpeta, los miró fijamente a los tres y mostró su gran sonrisa brillante, satisfecho por el trabajo y dijo:
—Los óvulos de la señora Sara y el esperma del señor Alejandro ya fueron fecundados. Solo necesitamos las firmas para proceder.
Alejandro firmó sin mirar. Sara firmó distraída, restándole importancia al proceso, para ella tener un hijo no era más que el título.
Luego prácticamente empujaron a Lila hacia el quirófano.
En el último instante, antes de que la anestesia la venciera, escuchó al médico reprender a una enfermera:
—¡Qué torpeza!....
***
Un par de horas después, cuando Lila despertó, estaba sola. En ese momento, una enfermera se acercó y revisó sus signos vitales.
—¿Cómo te sientes? —preguntó la mujer, mientras escribía algo en una tabla.
—Bien, ¿En dónde está Alejandro y…?—preguntó en un susurro.
—¿Los señores? Ellos dos ya se han ido —dijo sin emoción—. Ya estás lista. Vuelve en dos semanas para una revisión. Entonces sabremos si el embrión se ha implantado.
Lila giró la cabeza.
—¿Ya se fueron…? —susurró.
—Sí. Tenían una cena importante.
La mujer se apartó dejándola sola, mientras que Lila apenas acarició su vientre con los dedos.
—Dos semanas… —murmuró.
Dos semanas para saber si su cuerpo había aceptado un hijo que no era suyo.







