Elena y Dairus llegaron a la mansión con el corazón en la garganta. El cielo rojo seguía tiñendo todo de un tono ominoso, como si la manada entera estuviera sangrando. Apenas cruzaron la puerta principal, encontraron a Alfonso sentado en la sala de estar. Parecía más un zombi que un hombre lobo. Su mirada estaba apagada, los ojos sin brillo, como si algo dentro de él se hubiera roto por completo.
Elena se agachó a su lado y lo miró directamente a los ojos.
—Alfonso…¿Qué te pasa? ¿en dónde está