Dos semanas después del nacimiento, la mansión parecía haber recuperado un ritmo más sereno. Lila estaba junto a la cuna de sus pequeños cachorros, observándolos con una ternura que le llenaba el pecho. Aren y Aria crecían fuertes, sanos y saludables. Apenas le sonreían a su madre cuando ella los acariciaba, y ese gesto bastaba para que el mundo entero se detuviera.
—Mis niños hermosos… es hora de la siesta —susurró Lila con voz suave.
Los gemelos, como si hubieran entendido la orden de su madr