Pasaron unos cuantos días. Alfonso despertó con una determinación suave en el pecho. Faltaban exactamente quince días para el parto y quería regalarle a Lila una noche que recordaran para siempre. Se giró hacia ella, todavía dormida, y acarició su vientre abultado con ternura.
Cuando Lila abrió los ojos, él ya estaba sonriendo.
—Alístate para esta noche —le dijo, besándole la frente.
Lila frunció el ceño, confundida.
—¿Qué sucede?
Alfonso sonrió y le acarició la mejilla con el pulgar.
—Ya solo