Aunque Alfonso se rehusaba a salir, su expresión era clara: el mundo humano le resultaba agobiante. Decía que los humanos apestaban a perfumes caros y artificiales, y que odiaba ver cómo caminaban pegados a sus teléfonos, ignorando el mundo a su alrededor.
—No entiendo cómo pueden vivir así —gruñó, cruzado de brazos en el sofá del departamento—. Prefiero quedarme aquí. No insistas Lila, este no es mi mundo y no me siento cómodo.
Lila, que terminaba de arreglarse frente al espejo, se acercó a él