Las siguientes noches fueron una tortura lenta y silenciosa para Lila.
Apenas dormía. Cuando el agotamiento finalmente la vencía, las pesadillas llegaban como fuego devorador. En ellas, el bosque que tanto había aprendido a amar se convertía en un infierno. Llamaradas gigantes se elevaban entre los pinos, tiñendo el cielo de un rojo sangriento. En medio de las llamas aparecía una figura resplandeciente, una mujer sin rostro cuya luz era tan intensa que dolía mirarla. Esa figura extendía los bra