El sábado por la noche, después de la tormenta emocional, se quedaron en el refugio de la casa de Isabel. No hablaron mucho más de Lidia o Eleonora. No era necesario. Se quedaron en el sofá, envueltos en una manta, compartiendo un silencio que era más sanador que cualquier palabra. Al día siguiente, la luz del domingo se colaba por las persianas del dormitorio de Isabel. No había urgencia. No había alarmas. Solo el sonido de la respiración tranquila de Jared a su lado y el olor a café que empez