345. MI ÚNICA FAMILIA

KIERAN:

Caminé a grandes zancadas hasta el despacho de mi primo. Al entrar, lo vi con la cabeza entre las manos; al sentirme, la levantó. Estaba llorando. Se puso de pie y, como siempre que no entiende algo que lo abruma, corrió a mis brazos. Su pequeño cuerpo de omega se estremeció por los sollozos.

—Deja el drama y acaba de decirme qué fue eso que oculté —le pregunté, separándolo de mi cuerpo y limpiando su rostro, obligándolo a tomar agua—. Vamos, habla. ¿Sabes acaso lo que hiciste delant
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