La habitación estaba en penumbras, solo la lámpara del escritorio iluminaba a medias el rostro de Arianna. Sus ojos estaban húmedos, pero ya no lloraba; ahora brillaban con la determinación de alguien que había decidido abrir la herida más antigua de su vida.
Greco permanecía de pie, serio, con la mandíbula apretada, aún con las marcas de las tres cachetadas que su esposa le había dado minutos antes. Dante, apoyado en el marco de la puerta, cruzó los brazos, pero sus ojos estaban atentos, con e