Hospital de Verona — Noche débil, pasillos en blanco
La habitación olía a antiséptico y a café frío. Las máquinas marcaban un ritmo mecánico, insistente.
La luz del monitor parpadeaba en rojo cada vez que la mano de Greco se movía, débil.
Arianna no había pestañeado en horas; la almohada estaba húmeda de sus lágrimas.
El médico, un hombre curtido por demasiadas emergencias, miró a Arianna con suavidad calculada.
—Su corazón está estable por ahora —dijo—. Pero tiene pérdida de sangre, trauma tor