En las afueras de la villa Leone.
La noche era húmeda y oscura, perfecta para moverse entre sombras. Marco caminaba con una pala al hombro y un sombrero viejo que le cubría parte del rostro. Luca lo seguía, cargando una caja con herramientas de jardinería. Ambos parecían trabajadores comunes, invisibles en un barrio donde todos fingían no ver lo que no les convenía.
Renato, disfrazado también, murmuró entre dientes mientras empujaba un carrito oxidado lleno de tierra:
—No me acostumbro a esto.