La mansión había recuperado su calma hacía ya tres semanas, pero dentro de la habitación principal el silencio seguía siendo tan afilado como un cuchillo. Arianna, aunque dormía junto a Greco cada noche, lo hacía de espaldas a él. Desde que supo la verdad sobre su madre y desde que él, cegado por la ira, la había lastimado, su corazón se había encerrado en una muralla de hielo.
Aquella mañana, cuando el sol apenas acariciaba los ventanales, Greco entró con una bandeja. El aroma del café recién