Hospital de Verona — Madrugada
La habitación estaba en penumbra.
Luciana yacía recostada, el cabello pegado a la frente, los ojos brillantes de cansancio y de vida.
A su lado, dos pequeñas cunas.
Dos respiraciones diminutas, dos pares de manos moviéndose como alas.
Dante estaba sentado al borde de la cama, en silencio.
Sus manos temblaban, pero sus ojos… sus ojos eran puro asombro.
—¿Sigues ahí o te desmayaste de nuevo? —bromeó Luciana, con una sonrisa cansada.
—No lo sé… —respondió él, entre risas y lágrimas—. Creo que sigo soñando.
Se inclinó sobre ella, besándole la frente, y luego se acercó a las cunas.
—No puedo creer que sean dos… —susurró—. ¿Cómo es posible que el corazón aguante tanto amor?
Luciana lo miró, con ese gesto de ternura que podía detener una tormenta.
—Siempre te dije que tenías el corazón grande, pero no imaginé que alcanzaría para tres.
Dante pasó un dedo por la mejilla de la niña —Aurora—, y luego por la del pequeño que dormía a su lado.
—Y este… —murmuró—. Este