El olor a humedad y metal oxidado invadía el sótano. Las paredes, cubiertas de azulejos agrietados, parecían absorber los gritos que pronto llenarían el aire. Greco cerró la puerta tras de sí con un golpe seco. Foltelio Saltelli, amordazado y atado a una silla metálica, intentaba mantenerse erguido, aunque su cuerpo traicionaba su miedo.
Dante, siempre puntual, colocó una bandeja con herramientas sobre una mesa cercana. Alicates, cuchillas, jeringas, una linterna. Todo estaba perfectamente alin