Mundo ficciónIniciar sesiónGael Armand estaba sentado en el sillón de piel frente al escritorio de su suegro, con la cabeza entre las manos, su aspecto era deplorable: la ropa arrugada, la barba de dos días sombreando su mandíbula amoratada y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y el exceso de alcohol.
Me han congelado las cuentas, Rafael —dijo Gael, con la voz rota—. Los chinos se han retirado, León los llamó personalmente, les d







