Nuria tardó diez minutos en reunir el valor suficiente para salir de su habitación.
Se había retocado el maquillaje frente al espejo, alisado el vestido azul noche una docena de veces, la imagen que el espejo le devolvía seguía pareciéndole ajena: una mujer voluptuosa, elegante, con una mirada que brillaba con una mezcla peligrosa de miedo y anticipación.
«Gael dice que eres un témpano de hielo».
La frase de León retumbaba en su mente, un desafío lanzado como un guante a sus pies.
Abrió la puerta del pasillo y siguió el rastro de luz tenue hasta el comedor, La Fortaleza, hacía honor a su nombre, era silenciosa, construida con piedra oscura y vigas de acero, un búnker de lujo colgado sobre el acantilado.
Al entrar en el comedor, se detuvo.
No era una mesa kilométrica de estilo victoriano como la de sus padres, diseñada para impresionar y alejar, era una mesa redonda de madera negra, íntima, iluminada por una lámpara de diseño que proyectaba una luz cálida sobre la superficie.
León ya es