Elena no durmió.
No de verdad.
Se quedó medio despierta junto a Sofía, con la denuncia doblada dentro del bolso y la foto de la ventana clavada detrás de los ojos.
Cada vez que el gato se movía en el salón, su cuerpo entero se tensaba.
Cada vez que un coche pasaba por la calle, pensaba en una cámara apuntando hacia las cortinas.
A las seis y media, Sofía abrió los ojos dentro de la fortaleza de cojines.
No preguntó por el desayuno.
No preguntó por el colegio.
Preguntó lo único que su miedo quer