Lo peor no fue que Daniel dejara de escribir.
Lo peor fue el silencio.
A la mañana siguiente, el teléfono de Elena no vibró ni una sola vez durante las primeras tres horas del día.
Ni un mensaje.
Ni un audio.
Ni una llamada perdida.
Nada.
Y ese nada le dio más miedo que la amenaza de la noche anterior.
Porque ya conocía el ruido de Daniel.
Los mensajes.
Las flores.
Los abogados.
Las patrullas.
Lo nuevo era esto.
La quietud.
La forma en que un hombre aprende a esconder el cuchillo detrás de la e