La primera vez que Elena colgó un cuadro en la pared de la galería, sus manos no temblaron.
Eso fue nuevo.
No porque no tuviera miedo.
Porque el miedo ya no estaba solo.
Lo acompañaban la rabia, la claridad y una extraña certeza: Daniel podía seguir tocando puertas, pero ya no iba a decidir el tamaño con el que ella entraba al cuarto.
Adriana había conseguido que les prestaran la sala dos horas antes de abrir al público.
No era una inauguración grande.
No había música en vivo, ni prensa anuncia